Celdas del convento primitivo

Panorama_sin_titulo

La rigurosa clausura de las madres carmelitas de Santa Teresa esconde a los ojos del mundo una vida basada en el despojo personal y en la renuncia de los bienes materiales. Los monasterios teresianos han mantenido a lo largo de los siglos el espíritu y el ambiente del momento de su fundación.

De acuerdo con el deseo de Santa Teresa de que “la casa jamás se labre, si no fuere la iglesia”, las dependencias conventuales se instalaron en casas que ya existían previamente y que tuvieron que ser adecuadas, de forma progresiva, a su nueva función. Por ello se conservan partes de las edificaciones del siglo XVI, y por ello, igualmente, el espacio interior es estrictamente carmelitano. Este espacio es el que impone sus leyes a las pequeñas reformas que se han hecho en el curso del tiempo. Baldosas de arcilla roja en los suelos, recias vigas unidas por bovedillas en los techos, y paredes encaladas, delimitan los desnudos zaguanes y los largos pasillos en los que se alinean las ásperas puertas de las celdas. Ningún objeto superfluo a excepción de algún cuadro devoto.

En la celda, único recinto de intimidad personal, se llega al más esencial despojo. El único mueble es la cama, vestida con una manta de recia lana oscura y sobre ella una gran cruz de madera, privada incluso del consuelo del Crucifijo. La que ocupó Santa Teresa fue convertida después en oratorio.

Clementina Julia Ara Gil